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Jorge Diep… ¡Hasta luego!

Mi amigo amaba y quería vivir. El país y la moda nacional e internacional pierden a una de sus luminarias.

Manuela Lora

 

SANTO DOMINGO.- Jorge Diep se nos fue, y me pregunto si se fue directo al cielo, o si pasó por Nagua a esperar el sol, si caminó por la playa como caminaba cuando era un niño, así, descalzo y alegre como me lo mencionó un día, el mismo día que me confesó que cuando podía mandaba a buscar masa de cangrejo a su pueblo para que “Toñita” se la prepara como a él le gustaba, con mucho ajo y verduras.

El día que me dijo que él era de Nagua su mirada se perdió en el pasado, y con él me trasladé a momentos llenos de azules, olas, arena, cocos, palmeras, y por supuesto, cangrejos que caminaban y se perdían entre la arena húmeda. Con sus narraciones, sus ojos hipnotizados con el recuerdo y una sonrisa que no lo quería dejar escapar todo, sentí una niñez alegre, divertida y libre, simple y feliz. Hasta el momento que marcaría su vida para siempre, y del que no quiero hablar, porque los colores en aquel momento dejaron de serlo para él.

Siempre lo dijo, que a los 15 años se inició en la moda; y en 1983, con 16, se fue a México, emprendiendo una carrera de aprendizaje, práctica y creatividad que no se detendría, y que años más tarde, lo empujaría hasta Roma, Italia, hasta los talleres de importantes modistos y “genios del fashion show”.

Tanto en México como en Italia el arte de los bordados artesanales y la pedrería se convertirían para él en una inspiración, una adicción y en una sed voraz por llevar a través del brillo, el diseño y la femineidad lo mejor del estilo y la elegancia a las pasarelas. Pero eso vendría más tarde, porque en un momento determinado, su alma libre se sintió estancada, y corrió tras nuevos retos hacia España, donde vivió en primera fila y backstages, hermosas y fabulosas experiencias con los maestros de la moda de ese país.

Querido, aplaudido y buscado por creadores de grandes espectáculos mexicanos, Jorge decide hacer un “stop”, y regresar a República Dominicana. Corría el 1988. Extrañaba su sol. Y su azul, su aire… y su gente. Para ese entonces, la diabetes había hecho su debut de manera solitaria y callada en su cuerpo.

Al mismo tiempo que fue subiendo de peso y convirtiéndose en un súper obeso, también se convirtió en una estrella indiscutible de la moda, el diseño y la creatividad dominicana, un país todavía tercermundista (en aquel momento). La gente, que lo veía como “un extraterrestre” por su cuerpo enorme, también tenía que rendirse a sus pies y alabarle por los vestidos que hacía, no solo para mujeres “del medio”, sino para damas distinguidas de la alta sociedad.

En el mismo año de su regreso al país, empieza a confeccionar el vestuario para el concurso Miss República Dominicana, y con orgullo contaba que durante más de 10 años se encargó de vestir a las reinas en sus compromisos internacionales, logrando con ello obtener diferentes premios y reconocimientos, tanto con la elaboración de llamativos trajes típicos, como con despampanantes y vibrantes trajes de noche, que deslumbraron las pasarelas del Miss Mundo y Miss Universo.

Al tiempo en que brindaba sus servicios como diseñador a través de su atelier de modas, también sus servicios fueron requeridos para la elaboración de vestuarios para importantes obras de teatro, fabulosos espectáculos y musicales, como “Evita”, “Víctor y Victoria”, “Romeo y Julieta”, y “El beso de la Mujer Araña”, además de convertirse durante varios años en el diseñador oficial del más famoso musical mexicano, “Aventurera”, de la productora y actriz Carmen Salinas, y de “Noches de Cabaret”, de Lucia Méndez.

Para Jorge, la vida siempre seguía adelante, y la moda con ella. Por eso no es de sorprender que en tono jocoso en el 1991 respondiera en una entrevista que si los diseñadores y la gente se llevaran de las guerras, terminarían “andando encueros”, queriendo transmitir que con crisis o no, el diseño seguía su camino de arte e innovación.

Para algunos, a Jorge le gustaba ser controversial, porque a veces parecía “defender lo indefendible. Como cuando se puso en los zapatos de Juan Manuel Moliné Rodríguez (del caso Llenas Aybar) y hasta le creó una página en Hi5 en el 2008 (que luego retiró). Jorge no quería molestar a nadie, solo practicaba una compasión que yo misma ni el 99 por ciento de los que lean esto tiene la capacidad de practicar.

Los casos de su solidaridad regularmente estaban del lado de “los imposibles”, “los imperdonables y los “más juzgados” por la sociedad dominicana, como el caso de la cantante Martha Heredia. Pero sé que pocos entenderán que la compasión era precisamente una de las cualidades más grandes y profundas que caracterizaban a Jorge, sí, la compasión le cegaba.

A veces pienso que esa misma compasión que él practicaba era un llamado a gritos de la que él necesitaba que practicaran con él. Muchos fueron los momentos duros y discriminatorios que vivió en el país gracias a su obesidad. Para muchos empresarios de los fashion shows era imperdonable que alguien tan “estrafalariamente gordo” pudiera destilar tanta creatividad en cualquier cosa que hiciera. El gran talento de Jorge, su honestidad, espontaneidad y claridad cuando hablaba llegaron a doler demasiado en la vida de muchos mediocres y de muchos inteligentes.

Pero Jorge no vivió para hacerle sombra a nadie. Aunque sí que le dolía cuando algún creativo quería ponerlo por el suelo o hacerlo “ver menos”. Jorge también era ñoño.

Protestó. Sí, criticó a la gente que con dureza veía a los obesos como “animales de otro corral” en la República Dominicana. Criticó al Estado que se ha ocupado nunca por legislar a favor de las cirugías bariátricas como una forma de economizarse dinero, sin tener que atender enfermos de diabetes y con alta presión arterial. Defendió a los homosexuales y criticó a quienes les juzgaban, aunque sus últimos años vivió reconciliado consigo mismo y con Dios en referencia a ese tema.

Jorge vivió y disfrutó de todo lo que quiso. Como ser humano imperfecto, como todos, cometió errores. Unos los enterró, por otros pidió perdón, y también de otros, dio testimonio, no para imponerse, pero sí para ejemplificar.

Defensor de la libertad, del respeto, y más que nada, un profesional que con su ejemplo mostró que hay que convertirse en multiplicadores de los talentos en la juventud; que a los descarriados hay que enseñarles el camino y hay que empujarlos e inspirarlos; y que las puertas siempre deben estar abiertas para dar a conocer el talento nuevo, sin importar si salió de Piantini o de la cárcel de Najayo.

Ese fue el Jorge que yo tuve el honor y el privilegio de conocer. De ese Jorge me despedí el 13 de septiembre cuando estuve en el país por unos días. Lo dejé como siempre lo conocí, en pie de guerra, porque él era un guerrero.

Solo me queda darte gracias Jorge. Sí, mi corazón siempre estará agradecido, no solo por haber vestido mi cuerpo obeso como la reina que soy, si no por haber llevado a mi corazón al verdadero Jorge, ese ser humano imperfecto del que escuché, vi y aprendí con sus acciones tantas cosas buenas. Hasta que Dios quiera… allá nos vemos. Siempre estarás en mi corazón, y en mis planes de reunión junto al Señor.

 

 

 

 

 

 

 

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